miércoles, 11 de mayo de 2016

Saint Seiya - Los Caballeros del Zodiaco: La Venganza de Anfítrite (parte II)

-Po... Po... ¿Poseidón...?
-Apresurémonos -Magnus, para devolverle en sí, sacudió con tenaz empeño una de las hombreras de un Achernar paralizado por tal revelación-. La señora Atenea y los caballeros de oro deben saberlo de inmediato.
Todos afirmaron con toda su determinación, eran los guerreros de la esperanza, los caballeros de Atenea; no podían dejarse derrotar por sus temores mortales, no por la causa por las que habían renunciado a una vida normal ignorante a los avatares de los dioses.
Sin embargo, el lado más malicioso de la providencia mostró sus ansias de participar. Justo cuando los seis caballeros torcieron sus pasos, el de la constelación del río Erídano sufrió la aciaga desfachatez de que un simple guijarro perdido en ese pasillo se topara en su camino, justo donde plantó su pie derecho un segundo atrás, a un palmo del borde del estanque donde Antífrite reposaba. A penas sonó el eco de su breve rodar por el pulido suelo antes de evidenciarse su tímido chapoteo.
Aún con los nervios en pétrea tensión, cada uno de ellos torció el cuello lentamente y a destiempo, con una prudencia sólo superada por su vacilación, avistando las tímidas ondas nacidas del guijarro. Después, el silencio más absoluto. Un silencio de paz inquietante, un alivio que a penas rozó un segundo en que esas oscilaciones perfectamente circulares sobre la superficie del agua se extendieran en una cantidad y anchura que no se les antojaba menos de imposibles y exageradas.
Una intensa y ensordecedora vibración sacudió y soterró cada una de sus almas, como el latido de un corazón que abarcase todo hasta los confines del universo; la sangre de los seis se atajó con el helor de ese pavoroso poderío. Era ese Cosmos por el que les habían encomendado aquella misión incierta; y en ese instante dejó de ser un fulgurante parpadeo aletargado y subyugado, tornándose constante y urgido justo cuando se prendió, de manera espontánea, el sello de Poseidón.
Aquel trozo de papiro vetusto se consumió hasta reducirse a mucho menos de sus cenizas, junto a las esperanzas de los propios guerreros de Atenea allí presentes. Las añosas ligaduras del tridente se volvieron polvo de óxido que desaparecía en la nada desde donde ensortijaban el asta del arma, la cual empezó a descender por su propio peso con una lentitud que esos seis testigos no supieron a ciencia cierta si era real o simplemente les pareció volverse todo más parsimonioso por la presión que los sumió.
Pero el liviano tridente no llegó a tocar el agua que colmaba el estanque. Los seis corazones mortales se detuvieron como un ciervo ensartado en plena carrera por la flecha de un maestro arquero. Una mano pálida, de aspecto delicado pero con brío intrínseco, emergió tomándolo al vuelo para asirlo con rectitud. Y los párpados de Anfítrite se abrieron con pesadez en su lecho.
Los caballeros de bronce quisieron, o más bien ansiaron, correr por sus vidas y prevenir a su amada diosa; pero cada nervio de sus cuerpos se estremecía anulando toda función motriz. Ese Cosmos tan inmenso los ligaba y sometía, pues parecía exudar la naturaleza propia de una bestia del Hades adormecida y domada contra su voluntad, ansiosa de libertad y rugir a quijadas batientes, pero que con astucia fría y racional controlaba todo aquello que llevaba macerando en sus fuero interno, con la insensibilidad sólo concebible de un ser que es más allá de la simple mortalidad.
Pero eran ante todo caballeros de Atenea; sus puños cerrándose hasta sentir los nudillos crispados y níveos bajo sus brazales protectores avivaron su arrojo. Achernar fue el primero en prender la primera chispa de su energía; probando que, pese a la jactancia y el exceso de seguridad en sí mismo que eran sus principales estandartes, su devoción era tan genuina como la del resto.
-¡Magnus, chicos, marchaos! -el aviso de su vozarrón colmó la profundidad de ese corredor, aunque resultaba exiguo ante el Cosmos de Anfítrite, mientras el resplandor del suyo propio alcanzaba todo su potencial-. ¡Yo la retendré todo lo posible para que podáis escapar! ¡Cuento con vosotros, al menos uno tiene que llegar hasta la señora Atenea para hacérselo saber!
Aún con sus compañeros un tanto cohibidos por la duda, el caballero de Erídano se lanzó en mordaz acometida hacia la diosa; quién finalmente emergió como si unos hilos invisibles la jalasen de frente hacia el exterior, sin mutar su porte regio y altivo, hasta que sus pies se posaron sobre la superficie acuosa como si ésta fuese suelo firme. Achernar redujo la escasa distancia que los distaba con toda esa fuerza y velocidad suyas que doblaban sobradas el mach uno propio de su rango, oprimiendo con aún más intensidad su puño derecho, donde su Cosmos alcanzó su punto máxime con tal intensidad que las aguas del lugar donde la consorte de Poseidón perduró aletargada se embravecieron como una condensada tempestad. Él, aún siendo ya consciente de la vigorosa energía de Anfítrite, no podía detener su puño volando directo en frenesí hacia un dios, acto considerado uno de los más grandes pecados. Pero por Atenea, por ser uno de sus caballeros... Lo daría todo.
Por un instante, en lo más recóndito de su mente, le ronroneó el titubeo al contemplar la mirada perdida y lánguida, tan llena de indiferencia, en los ojos claros pero domadamente fieros de la diosa; pero la virulencia y la decisión de su puño no cederían bajo ningún concepto.
-¡Siente toda la fuerza del río Erídano! -le sentenció con todo su coraje mientras su Cosmos estalló con todo el brío de su gancho ascendente-. ¡¡Great Torrent [Gran Torrente]!!
Los cinco caballeros de bronce, que aún omitieron la indicación del camarada resuelto a inmolarse, se cubrieron con sus brazos ante la fuerza que, nunca mejor dicho, desbordó tanto del puño como del rugido briosos de Achernar, como si en verdad se hubiese desencadenado la fiereza del legendario afluente que evocaba su propia constelación, la cual hizo ascender el agua bajo los pies de Anfítrite como un géiser descontrolado y rabioso. Las cuatro columnas que circundaban el estanque fueron reducidas a escombros ante la furiosa vibración originada del choque del puño del caballero de bronce responsable contra su objetivo: el mentón de la deidad marina.
La potencia en sí del Great Torrent castigó sin miramiento alguno al entorno alcanzado por semejante brutalidad digna de un mortal que había desentrañado los primeros secretos del Cosmos. En un segundo las grietas en paredes, suelo y techo se diseminaron para delatar el grado de delicada estabilidad sufrido en esa recóndita galería, mientras el polvo pétreo saturaba cada recoveco, velándolo todo y envolviendo a los allí presentes, a la par que cascotes caían sobre sus cabezas como una lluvia tímida pero contundente que chocaba haciéndose añicos contra el piso...
-¿Lo logró?
La pregunta del caballero del Pez Volador brotó de su garganta con un hilo difuso de voz, una reflexión cargada de dudas, temores y cierta chispa de esperanza desmedida, mientras la nube de polvo que les circundaba fue posándose en el suelo y la silenciosa e inquietante calma retornaba tras el estruendo previo. Las miradas de sus cuatro compañeros también se anclaron sobre el borde del estanque, donde dos figuras difusas por la humedad y la polvareda se fueron volviendo cada vez más nítidas con una mesura que sus propios nervios eran incapaces de soportar.
Y la realidad, aún siendo ya conocida de antemano, les abofeteó con cruel petulancia.
Achernar demostró un poder increíble, incluso para ser un simple caballero de bronce, pero ante una diosa no era más que un insecto inocuo e indigno sobre su piel.
Anfítrite seguía impertérrita, o más bien indiferente, a la par que fue recobrando su razón, sosteniendo el mango de su tridente con una firmeza elegante aunque aún un tanto lánguida. No prestó menor atención a la violenta vejación que afectó al lugar donde fue sellada, a esa violencia que trató de ser en vano una amenaza para ella. Su mirada perdida, vacía e introspectiva atendía sin ver el puño del caballero de Erídano a un escaso centímetro de su propio mentón, sin rozarla siquiera; su propio Cosmos divino, aún sin desplegarlo a penas, tenía la capacidad no sólo de protegerla de ese portentoso ataque, sino también de causar estragos en su frustrado agresor.
Achernar, acopiando todo el orgullo que exudaba su ser, se mantuvo en pie, soportando el dolor que carcomía todo su cuerpo, en particular sobre su brazo derecho. Qué abrumador y deseado a la par podía ser el poder de un verdadero dios, incluso sin sacarlo a relucir; se salía de la comprensión humana, y le había ridiculizado por entero. Jamás imaginó que comprendería de ese modo las consecuencias de alzar la mano contra los dioses: la fuerza del Great Torrent destinada a Anfítrite se volvió contra él. La protección de su antebrazo, que absorbió una parte del golpe, se hizo añicos a medida que evidenciaba su propia extremidad desnuda y desprotegida, manando sangre de su puño cerrado, donde más allá de la carne supo que cada uno de los huesos de la mano estaba pulverizado; pero aun así, él la mantuvo cerrada y apretada con todo su empeño.
Ese caballero era terco por encima incluso de la estupidez, pareció cavilar Anfítrite en su profunda mirada. Por más que lo deseaban sus rodillas, él no estaba dispuesto a mostrar su flaqueza ni postrarse ante una diosa que no fuera Atenea, ni mucho menos resuelto a demostrar su debilidad y derrota más que evidentes. Achernar, con sus ojos oscuros empezando a enturbiarse ante los padecimientos que fueron inundando su cuerpo, no contuvo una sonrisa con la que no renunciaba a ser desafiante y descarado, incluso con un hilo de sangre brotando de una comisura de sus labios.
Anfítrite seguía sin mirarle de verdad, aún terminando de salir de su letargo, pero la arrogancia que le dedicaban fue un cabo al que se aferró para acelerar a un paso más rápido su conciencia. Aún le contemplaba con la insignificancia que le representaba ese mortal; pero en sus ojos del color de los ríos bajo el sol primaveral, hermosos aunque gélidos, se fermentó un triunfo un tanto pueril, como el niño que aplasta una hormiga con solo apoyar un dedo.
Su mirada centelleó con esa ínfima parte de su Cosmos, que bastó para que la luz de su aura azotase al caballero de Erídano, arrancándole un alarido que ni siquiera su orgullo pudo reprimir por más que se porfiase; en medio de un estallido que hizo añicos su armadura casi por entero, la cual pareció emitir un grito mudo pero tan agónico como el que salía de las cuerdas vocales de su portador, mientras los fragmentos de bronce pulverizados y humeantes volaban en derredor de él.
Los cinco caballeros restantes contemplaron la escena con tal pasmoso horror, que algunos cedieron al temor arraigaban aún más sus pies sobre el pulido suelo. Epona no domó un gesto tan femenino como llevar una mano a los labios, olvidándose de la máscara hasta que sintió su fría superficie con las yemas de los dedos. La desazón acuchilló dolorosa en sus adentros ante la muerte del camarada abatido, quien aún con la vida huyendo de su cuerpo siguió lidiando por perdurar en pie, reculando un par de pasos con torpeza, con ojos vacíos de todo brillo pero retadores a la consorte de Poseidón. Hasta que su Cosmos, su chispa vital, todo él... se apagó para siempre.
-¡Achernar!
Magnus a penas extendió su brazo, gesto que consideró ya inútil a la par que inapropiado en tales circunstancias, al ver como su compañero caía sin vida; primero de rodillas, finalmente el resto del cuerpo, sumergiéndose en el agua del estanque de torso para arriba, casi a los pies de Anfítrite; como exigía la reavivada deidad en aquel que cayó en la futilidad de alzar su puño contra ella.
Para rabia de los cinco, la diosa que tenía ante ellos ya prácticamente liberada de su letargo avanzó con pasos parsimoniosos, sin importarle usar el cadáver de su primera víctima como alfombra, omitiendo el hecho de que estaba mancillándose los pies con los despojos de un mortal. Pero sus ojos delataban que la idea de pisotearlo resultaba regocijante, considerándolo a la par un déspota gesto de clemencia al darle no solo una muerte rápida aunque agónica, sino también del hecho de haber tenido contacto físico con una diosa del Olimpo, aunque no viviera para sentirlo.
El caballero del Delfín deslizó sus pies hacia atrás, movido a un mismo tiempo por el temor y la urgencia de la última voluntad de Erídano. Era consciente de que aquel rival que tenían delante se salía de todas sus posibilidades, aunque otros de su rango obraran milagros semejantes en el pasado. No sería tan cobarde como para no enfrentarse a quien fuese una amenaza potencial, pero también era consciente del peligro que simbolizaba Anfítrite para Atenea, para todos ellos. Como dijo Achernar en sus últimas palabras, al menos uno debía escapar y regresar con vida al Santuario.
Ese discreto paso hacia atrás que a penas lamió el piso no paso por alto a Anfítrite. En su andar cargado de altivez, la hoja de su tridente destelló bajo la tenue luminosidad que despedía los ornatos de Poseidón que se salvaron tras el ataque de Achernar. Inclinó de manera muy sutil el mango de su arma, pero aún así fue apoteósico y aterrador lo que llegó a ser ese gesto.
No fue capaz de reaccionar, ni tan siquiera distinguir lo que le fustigó no cientos, miles de veces, a una velocidad que ridiculizaba a la de la luz. El caballero del Delfín enmudeció entre ahogados y guturales gemidos ante la malicia de esos cortes afilados, tan finos como dolorosos, recorriendo su cuerpo y tajando su armadura y su carne desde todos los flancos. Sólo una deidad como Anfítrite sería capaz de ello con tal pasividad... El segundo guerrero de Atenea abatido ya estaba muerto cuando sus labios besaron el suelo, rodeado por los retos de su armadura perfectamente troceada en pedazos minúsculos, mientras que su cuerpo manaba sangre como un lago brotado de la nada; un lecho de escarlata y bronce.
Los cuatro restantes que aún respiraban la vida, pero con asfixia en sus pulmones y sus propias almas, parecían sometidos a los caprichos de la diosa, en cuyos labios afloró una sonrisa con una sutileza de proporción inversa a la perfidia implícita en ellos; parecía debatirse en su siguiente víctima con la misma banalidad con la que elegiría ornato para sus finos y largos cabellos.
Fue el caballero de la Brújula quien acopió voluntad para recobrarse de ese trance opresivo; consciente de que si no hacía algo la misión caería en saco roto. Debía garantizar la seguridad de sus camaradas restantes. Sin embargo, en lo más hondo de la matriz de su alma, una parte de egoísmo anhelaba que al menos ella pudiera escapar con vida.
-¡Huid y avisad a la señora Atenea, rápido!
Los tres reaccionaron a sus palabras, en las que palparon muchas otras más tácitas que parecía contagiarles con voluntad y valor, incluso en esa crisis que los sentenciaban. Él retendría a Anfítrite, y esta vez sí que debían actuar como les indicó Achernar. No se podían permitir el lujo de dejar que el sacrificio de sus compañeros, y sin duda el que realizaría él mismo, fuesen en vano.
Sólo Epona comprendió, más allá de la voz de Magnus, que esas palabras eran en especial para ella, su despedida en la que pudo percibir algunos deseos que aquel caballero se llevaría a la tumba sin cumplir, como acariciar con sus propios dedos esos cabellos tan rojos como la sangre, o ponerla a prueba de qué elección tomaría si él se hubiese arrojado a quitarle la máscara para desvelar su rostro, o si dicha elección hubiera sido aquella con la que llevaba semanas soñando...
La caballero femenino apretó puños con todas sus fuerzas para no caer en la vacilación, asintiendo a la indicación de Magnus. No dijo palabra alguna al girarse antes de echar a correr seguida por los otros; su única despedida, las lágrimas perdidas que se filtraron de la máscara. Habría permanecido a su lado, muriendo juntos por lo que defendían con tanta fe devota; para ella no habría mayor honor que hacerlo a la vera de ese caballero que se ganó toda su admiración, e incluso más allá de ese sentimiento a un simple camarada. Pero para ellos, Atenea y el género humano eran lo primero. Sus lágrimas acariciaron el suelo, cargadas de las lamentaciones de no haberle conocido mejor en el poco tiempo en el que se convirtió en caballero femenino.
-Adios, Epona...
Las palabras del caballero de la Brújula fueron susurradas tan para sí, una reflexión ahogada que se empeñó en salir de sus labios que no llegaron a esa persona. Pero no importaba, no en ese momento. Sus ojos grises se desbordaron de rectitud, la que le había convertido en lo que era.
Hizo arder su Cosmos como nunca antes, aún más allá incluso que Achernar. Era un caballero de bronce cuyo poder real superaba el uno de plata, aunque había un trecho bastante amplio como para siquiera divisar el Séptimo Sentido. Su grito brotó de su garganta, siguiendo el crescendo de su energía concentrándose en el dedo índice de su diestra alzada, la del brazal con la aguja que era el elemento fundamental de su armadura cuando estaba en forma de constelación. Anfítrite siguió sus pasos petulantes y sosegados hacia él, con una mirada un tanto divertida ante la capacidad innata de los humanos de entregarse a causas y actos que ella veía tan inútiles...
A penas les distaban un par de metros, pero Magnus estaba más que preparado para efectuar la técnica que desarrolló imitando en cierto modo la más característica de quien le instruyó.
-Maestro, siento no poder hacer más por la gloria de Atenea.
Sus ojos titilaron, con cierta emoción aflorando en su pecho. Casi le pareció tenerle a su espalda, apoyándole; y esa sugestión mantuvo su índice aún más firme al alcanzar el paroxismo de su Cosmos. Poco le importaba que sus esfuerzos fueran fútiles, que todo lo que hiciese sólo le regalaría la limosna de una bocanada más de ese aire denso y punzante en sus pulmones; lo único que esperaba era dar tiempo suficiente para que Epona y los demás estuvieran lo más lejos posible del alcance de Anfítrite, pero estaba convencido de que, por mucho que corrieran, aún no habrían salido de la prisión del Cabo Sunio. Aun así, seguro de su ataque no erraría como el de Achernar si no perdía el arrojo y la concentración. Les proporcionaría ese valioso e insulso segundo, ese resquicio de esperanza que podría marcar la diferencia.
Un paso petulante más, y ese fue el último que Magnus le permitió de margen antes de echar su brazo hacia atrás en carga, antes de precipitarlo hacia delante y señalarla con su osado dedo incandescente de un Cosmos escarlata. Ciertamente, había simulado bastante bien a su maestro.
-¡¡Lead the way [Guía el camino]!!
No fue desenfrenado como el Great Torrent, pero sí igual de letal aún siendo mucho más sutil y conciso. Fulgurante dentro de las capacidades de Magnus, una luz rojiza que perfora el aire como una aguja, como una flecha inequívoca y sentenciadora que marcaba a su objetivo.
Anfítrite no contuvo un derroche de suficiencia. Lo que para el ojo del mortal corriente era más que el relámpago, para ella se cotejaba a lo sumo al transcurrir de un ciclo lunar. Ni le hizo falta atender a lo que en alarde de ironía pretendía amenazarla, por lo que cerró sus párpados sin borrar su sonrisa altanera, mientras inclinaba su tridente para que el mango se interpusiera en la trayectoria; su propio Cosmos en su más mínimo exponente la podía proteger, pero le resultó gratificante el mero hecho de humillar el orgullo de ese caballero de Atenea.
Pero la sorprendió una inesperada urgencia de abrir de nuevo sus párpados ante un nimio escozor en su frente, consciente de la excesiva demoraba del choque de ese Cosmos vulgar contra el asta de su arma. Se llevó la mano libre con cierta duda incrédula poco frecuente en ella, justo debajo del ornato ceñido donde aún notaba esa punzada irrisoria; y dicha emoción no desapareció al encontrarse con sus dedos salpicados de su propia sangre, la cual empezó a manar en un breve tramo vertical y granate, hasta bifurcarse en dos caminos a la altura del caballete de su perfecto perfil griego. Por el semblante de Magnus, éste parecía un tanto pagado de sí mismo a la par que pasmado de haber sido capaz de herirla, pero ese detalle no significó absolutamente nada para ella.
A penas se percibían los breves y trémulos ademanes de esos dedos ungidos por sagradas gotas rojas que incitaron un atónito rictus en su cincelado rostro. Para ella, sentir su sangre naciendo de esa herida menor que el picotazo de un mosquito la atizaba como fuego en ese orgullo de diosa que relucía en su mirada; que un simple mortal  la hiriese, que su sangre tiñera el suelo de un mundo indigno, sucio y banal habitado por seres de idénticos adjetivos... Le era demasiado.
Sin embargo, muy en el fondo de su razón, era incapaz de desprestigiar la habilidad de aquel sentenciado insalvable por ese sacrilegio sin precedentes. Aunque su Cosmos era insignificante, él había desarrollado dentro de sus límites una técnica imparable en el sentido más explícito, lo único que ratificaba a ciencia más bien cierta el modo en que virase en busca de Anfítrite, eludiendo el objeto que se interpuso en la trayectoria tras su ejecución. Sagacidad e ingenio, virtudes que ella consideraba desperdiciados en un ser estúpidamente insolente; si no había piedad alguna para los servidores de Atenea, tras esa afrenta su saña sería aún más titánica de lo que de por sí se había alimentado en su cautiverio, aunque fuese otro Olímpico quien la confinó en ese recóndito lugar.
Su mano sostuvo el mango de su arma con toda la fuerza que manaba de la fuente de su orgullosa cólera. En lo más hondo de sus ojos, dos lagunas azules de majestuoso e impertérrito imperio, se tornaron en maremotos gemelos colmados de la fiereza indómita de un océano de llamas. En ese momento, Anfítrite había despertado de verdad, con toda la virulencia de su alma omnipotente. Aquel fue su primer paso en pos de recuperar lo perdido, de lo que le habían robado.
Magnus se cubrió cruzando sus brazos ante el rostro, fijando sus pies en el suelo con toda la firmeza que era capaz; aún sabiendo de sobra lo imposible, a la par que insufrible, que se antojaba tratar de resistir toda la cólera de una genuina divinidad. Esa hermosa y esbelta figura cada vez más refulgente dañaba su visión quemándole sus retinas, esa ira implícita le azoraba hasta su último resquicio en cuerpo, mente y alma. Encontrarse ante una ola que condensase la entera capacidad de los siete océanos, con su sombra cerniéndose sobre él en el instante previo a romperse encima suya, destrozándole tanto a él como a toda creación de la que formaba una ínfima parte, así como el vacío interno producto del miedo, o más bien la resignación del final absoluto... no eran nada ante lo que le inspiraba ese verdugo fanfarrón que era el Cosmos que circundaba a Anfítrite.
Igualmente, pudo sondar el sentimiento más primordial que parecía girar en la mente de la diosa. El caballero de la Brújula sólo esperaba que frenasen esas ambiciones desconocidas, aunque no viviera para atestiguarlo.
De pronto, aflojó toda tensión en sus músculos, abarcando el corredor con sus brazos, un fútil gesto de detención. No temía su propio final, ese riesgo lo asumió mucho tiempo atrás, cuando aceptó su destino marcado por las estrellas; su propia vida no era más que un grano de arena ante la infinitud del universo, de la supremacía de los dioses y de la fe en la propia humanidad.
Cerró los ojos con mesura, con el sosiego plasmado en sus labios. Se resignó, con la impotencia de una voluntad muy por encima de sus fuerzas. Pero ante todo era un caballero de Atenea, y seguiría siéndolo con el mismo empeño porfiado hasta su último aliento, por muy inútil que fuese su cuerpo como barricada humana para retener el Cosmos de Anfítrite... Esa fuerza divina alcanzaría a sus camaradas cuando él cayera, a menos que lograran salir de la zona del Cabo Sunio.
-Adiós, maestro Milo, compañeros, mi señora Atenea... -la voz de Magnus se perdió bajo el peso de ese poderío divino que recibió sin aflicción, engullido por la cólera de Anfítrite; su armadura estalló en mil pedazos antes de que sus propias carnes gritasen en silenciosa y fugaz agonía, mientras sus contados latidos tañían sus últimos golpes contra su pecho. En esa fulgurante pero intensa tortura, sus labios amagaron una sonrisa al toparse en la cara interna de sus párpados la visión de todas esas personas, hasta que sólo quedó una muy especial, sólo un peldaño por debajo de su diosa, mientras la oscuridad eterna desmembraba su conciencia-. Adiós... Epona...
La mujer caballero sintió reverberar su azorado corazón; no por el descomunal Cosmo en crescendo a su espalda, sino por el de Magnus estallando en su súmmum para después apagarse. Epona sintió escozor en sus ojos bajo la máscara, pero su voluntad tuvo valor de dar un azote corrector a sus propios sentimientos para no derrumbarse, por más tortuosa que fuese la realidad de que él había muerto... Sólo le quedaba no desperdiciar los sacrificios cobrados esa noche.
-¡Corred, vamos! -exclamó a los otros supervivientes del mermado grupo, tratando que su voz quebrada no delatase cuán afectada se sentía-. ¡El Cosmos de Anfítrite se acerca!
Sus puños, pequeños pero poderosos, se cerraron hasta tornarse lo suficiente hirientes para que fueran un mayor recordatorio tanto de su cometido como de lo ocurrido, apretando sus pasos rebasando su resistencia física, incendiando su energía cósmica en ese momento por encima de lo que ella misma consideraba su propio límite alcanzado; estaba tan anonadada de esto último como sus dos compañeros, quienes empezaron a quedarse atrás a pesar de que hasta entonces ellos corrieron con todo su brío a penas un paso por detrás de Epona en esa carrera desesperada.
No pudo explicarse qué la avivaba rompiendo las fronteras de su propio límite, pero entonces todo raciocinio se tornó insigne. Su mente volvió por un instante a recuerdos de su niñez, de manadas de caballos libres galopando infatigables por las amplias praderas de su Irlanda natal; siempre se había identificado en admiración con esas bellas criaturas ajenas a todo tipo de ligaduras que domaran o mutilaran sus espíritus. Y a pesar de situación crítica que estaba viviendo, Epona se sintió igual de indómita que esos animales salvajes tan implícitos en su ser; en su pecho tronaba el bullicio de centenares de cascos briosos, su hálito desbocado fue los relinchos que la incitaban más y más, y en su corazón resonaba ardiente la voluntad de Magnus y sus camaradas abatidos.
Finalmente, el Cosmos de Anfítrite se cernió sobre su retaguardia al abandonar del pasadizo revelado esa noche; la percepción tan próxima de semejante fuerza suprema, capaz de alcanzarles con prontitud desde esa dilatada distancia, no hizo más que crispar sus nervios en una congoja que espoleaba la ansiedad compartida por ellos tres.
Epona, gracias al trecho que sacó de ventaja a sus rezagados compañeros, ya había saltado por encima de la laguna salina de la cavidad oculta para proseguir sus pasos raudos más allá cuando los otros dos caballeros de bronce se disponían a imitarla... Lo que marcó la diferencia entre su propio destino y el de los otros caballeros de bronce que hasta ese momento sobrevivieron.
El fustigador poderío de Anfítrite se cebó con tiránica soberbia cuando los dos hombres a penas alcanzaron la grieta que daba de vuelta a la prisión; fue fugaz, pero sus gritos desgarradores colmando cada recoveco del lugar atestiguaron su atroz agonía. Todo acabó para ambos cuando sus cuerpos desmadejados cayeron con todo su peso muerto, momento en que desapareció todo para ellos, rodeados por los despojos de sus armaduras. El que pudo respirar un segundo más antes de expirar fue el caballero del Pez Volador, quien extendió el brazo más allá de la abertura que no llegaría a traspasar, opacándose su mirada entre la baldía súplica de auxilio y la urgente presura de que reunirse junto Atenea a toda costa la que sí logró llegar más allá, deseando que el Cosmos de Anfítrite no la alcanzase... pero la oscuridad eterna le abrazó, llevándose al Hades esa duda.
La fortuna y el destino regalaron a Epona una de cal y otra de arena nada más inhalar el renovador aire salino de la costa ática, que la recibió junto a la inmensidad de un cielo estrellado y de las aguas egeas aún en turbadora calma. No corrió el mismo destino cruento que los abatidos, sin embargo, tampoco se salió de rositas de la cólera de Anfítrite.
La diosa la alcanzó con la acerada mordedura de su poderío antes de que se alejara por entero de su alcance, sólo por un tramo irrisorio no se salvó de la vil caricia de su Cosmos. Epona sintió en su espalda ese envite aterrador que la impulsó con más frenesí en su salto; preguntándose cuan atroz fue el tormento de Magnus y los demás, flagelados con toda la saña de la consorte de Poseidón... Esa punzada recorriéndola de arriba a abajo parecía infinita, grabándose ese ardor ponzoñoso contra su retaguardia, obligándola a acuchillar el salobre y húmedo aire que la rodeaba  con un alarido, deseando huir de su propio cuerpo para que todo ese suplicio terminase de una vez.
Y de pronto, la inquieta calma se presentó cuando su cuerpo se encontró de bruces con las escaleras que daban a ese rincón de Grecia más bien olvidado por el hombre moderno. Epona sintió todo su cuerpo entumecido, palpitando el recuerdo de ese Cosmos marcando puro dolor bajo sus carnes. También fue consciente de que esa agonía la compartía con su armadura; menos castigada que las de sus camaradas, pero los daños que mostraban las numerosas fisuras a raíz de esa herida trapera fueron severos... No erró ante la idea de que ese objeto, en verdad vivo, se estaba muriendo.
Sobreponiéndose como pudo a ese sufrimiento inimaginable y sin precedentes encorsetándola, abrió sus ojos con parpadeos titilantes, sintiendo el gradual roce de la brisa en su semblante mientras se le desprendía la máscara resquebrajada. Hincando codos sobre los peldaños donde yacía, en un amago de incorporarse, cada palmo que pretendía alzarse fue una carga titánica, hasta que al final cedió por resultarle imposible. Una línea escarlata se interpuso ante su ojo derecho, verde como una esmeralda, cuestionándose si era su sangre brotando de alguna herida en la cabeza o sus propios cabellos desparramados tras perder el casco... seguramente ambas cosas.
La certeza de que todo había terminado se posó sobre su mente, porque ya no podía más. Su cuerpo no respondía, se evaporó ese éxtasis de liberación que alimentó su voluntad y su Cosmos. Pero no podía dar su brazo a torcer, ni podía ni quería morir; el eco de los relinchos de los caballos aún reverberaba en la lejanía más profunda de su consciencia, incitándola a seguir galopando sobre ese mundo aunque sus fuerzas extintas discreparan. Debía llegar al Santuario y prevenir a Atenea por su orgullo de caballero femenino, un camino más tortuoso incluso que el de los masculinos, más allá de renunciar a su propio sexo... Tampoco podía fallar a sus compañeros, y mucho menos a Magnus, quien había confiado en ella más que a nadie; por lo que comenzó a arrastrarse con lentitud, movida más por instinto que por razón. Si no renunció a la vida fue porque seguiría luchando por ellos, y viviría por ellos aunque fuera para morir en una próxima batalla.

Su cuerpo avanzaba a ras del suelo, con lentitud y por inercia, con eso le bastaba. Aunque se preguntó si en realidad estaba dando sus últimos suspiros con pesadez, ante lo que le pareció atisbar a su lado como la figura de la muerte, con su túnica y su guadaña, aguardando a que le entregara su alma... Por eso, aún ya volviéndose todo negro, siguió moviéndose para no darle ese gusto.

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